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Café, Cortados y Kant

No vas a un café porteño a tomar café. Vas a existir en público.

Diciembre 2024 · Cultura

Buenos Aires tiene más de tres mil cafés. Algunos llevan una placa de "notable" en la puerta, declarados patrimonio por alguna oficina municipal. Pero la distinción es redundante. Todo café porteño es notable. Todo café porteño es, a su manera, un templo.

Yo voy a La Biela cuando puedo. No a trabajar, no a encontrarme con nadie. A sentarme. El mozo ya sabe: café solo, vaso de soda. Lo trae sin preguntar. Esto no es eficiencia. Es liturgia.

Hay que entender algo sobre el café en Argentina: no se va a tomar café. Se va a perder el tiempo. Y perder el tiempo, en una cultura que venera el psicoanálisis, no es ocio. Es excavación.

Buenos Aires tiene más psicoanalistas per cápita que cualquier ciudad fuera de París. Freud pasó por acá en 1906 y nunca volvió, pero sus ideas se quedaron. Para los años sesenta, el lacanismo ya era movimiento de masas. Y el consultorio se extendió naturalmente hacia el café.

He escuchado conversaciones en La Biela que costarían doscientos dólares la hora en un diván. Acá cuestan el precio de un cortado. El café es el analista del pueblo.

Hay algo en la naturaleza semi-pública del espacio que habilita la confesión. Estás solo pero no aislado. Anónimo pero presenciado. El murmullo de las otras mesas crea una privacidad acústica. Se pueden decir cosas en un café que no se pueden decir en casa.

Borges escribía en cafés. No por romanticismo—por necesidad. El café ofrece la combinación exacta de soledad y compañía que requiere el pensamiento. Estás con otros pero no obligado a ellos. Podés mirar sin que te miren. O dejarte mirar sin tener que responder.

Kant hablaba del uso público de la razón: la idea de que el pensamiento alcanza su forma más alta cuando se hace a la vista de otros. Hablaba de panfletos y revistas. Pero podría haber estado describiendo la cultura del café.

Mirá la arquitectura. Los techos de Tortoni. Las molduras de Las Violetas. Los vitrales, las mesas de mármol que absorbieron un siglo de conversaciones. Esto no es decoración. Es equipamiento para pensar.

El diseño comunica: no estás acá para consumir e irte. Estás acá para quedarte. Para leer. Para discutir. Para mirar la nada. El mozo te va a llenar el vaso de soda seis veces y nunca te va a apurar. Esto no es hospitalidad. Es teología.

Compará con el coffee shop moderno. Luces brillantes para mantenerte alerta. Sillas incómodas para que te muevas. Enchufes escondidos para desalentar la permanencia. El mensaje es claro: consumí y evacuá. El capitalismo aborrece al que no produce.

Pero el café porteño opera con otra lógica. Es, estructuralmente, anticapitalista. Cuanto más tiempo te quedás, menos rentable sos. Y sin embargo quieren que te quedes. Esta es la paradoja: un espacio comercial diseñado para trascender el comercio.

Todo movimiento político en la historia argentina pasó por los cafés. Los radicales se reunían en Tortoni. Los anarquistas en El Japonés. Los peronistas tenían su propio circuito. El café no era solo lugar de encuentro—era tecnología política.

¿Por qué? Porque el café es el único espacio verdaderamente democrático. Cualquiera puede entrar. Cualquiera puede quedarse. No necesitás membresía, credenciales, invitación. Solo lo suficiente para un café. Esto hace a los cafés peligrosos para los autócratas y esenciales para los demócratas.

El café nivela jerarquías. El profesor y el taxista se sientan en mesas idénticas, piden el mismo cortado, reciben el mismo servicio indiferente. Por la duración de un café, la clase se disuelve. Esto no es metáfora—es verdad estructural.

El cortado es la bebida perfecta. No por el sabor—aunque el sabor es perfecto. Por la proporción. Partes iguales de espresso y leche. Ni el café ni la leche dominan. Esto es equilibrio.

Mirá cómo lo toma un porteño. Primero revuelve. Después toma. Después revuelve de nuevo. El ritual extiende la experiencia. No te bajás un cortado. Lo ocupás. Cada sorbo es deliberado.

Los alemanes tienen una palabra: Zeitgeber—dador de tiempo. Una señal que estructura el tiempo. Las comidas, los atardeceres, las campanas de la iglesia. El cortado es un Zeitgeber para la contemplación. Dice: por los próximos veinte minutos, tenés permiso para no hacer nada más que pensar.

Los sociólogos llaman a los cafés "terceros lugares"—espacios entre la casa y el trabajo. Pero esto no captura algo esencial del café porteño. No está entre nada. Es destino.

No parás en un café porteño de camino a algún lado. Vas a estar ahí. El café no es auxiliar a la vida—es la vida. Por eso la hora de cierre es trágica. No están terminando el horario comercial—están terminando una forma de ser.

Cuando Starbucks trató de entrar en Argentina, le costó. No por la competencia, sino porque no entendían qué es un café. Estaban vendiendo bebidas. Los porteños querían otra cosa: un lugar para perder el tiempo con belleza.

Entiendo el impulso religioso. La necesidad de espacios separados del tiempo ordinario. Donde aplican otras reglas. Donde la trascendencia es estructuralmente posible.

Las iglesias logran esto con arquitectura y liturgia. Los cafés lo logran con atmósfera y ritual. El resultado es similar: un bolsillo de existencia donde podés ser más que tu función económica.

En el café no sos trabajador, consumidor ni ciudadano. Sos persona—indefinida, improductiva, gloriosamente inútil. Esto no es frivolidad. Es resistencia. Contra la lógica que dice que cada momento debe servir a un propósito, cada espacio debe generar valor, cada humano debe ser para algo.

El café dice: no. Podés simplemente ser. Por el tiempo que dure el cortado. Y después, si querés, podés pedir otro.

Los cafés se están muriendo. No en Buenos Aires—todavía no. Pero en otros lados. Reemplazados por espacios de coworking, llamadas de Zoom, optimización de todo. Estamos perdiendo algo que no vamos a entender hasta que no esté.

Estamos perdiendo el espacio para el pensamiento sin estructura. Para las conversaciones que divagan. Para el tipo de aburrimiento que genera insight.

Cuando me siento en La Biela, mirando al mozo servir el mismo café de siempre, siento algo parecido a la paz. No porque el café sea bueno—aunque lo es. Porque por esos minutos soy parte de algo más viejo que yo. Una tradición de soledad pública. De contemplación como práctica cívica. De perder el tiempo como forma de encontrarse.

Eso no es indulgencia. Es cultura.